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Proyectos Educativos de Acompañamiento Laboral

Testimonio de una de las familias realojadas en el barrio Tres Palmas

Las  viviendas fueron construidas por jóvenes de Tacurú en conjunto con Ñandé y la IMM

Compartimos el testimonio de una de las familias realojadas en el barrio Tres Palmas

Las viviendas fueron construidas por jóvenes de Tacurú en conjunto con Ñandé y la IMM --

 

 

Fuente El Observador:

En Tres Palmas hay 13 casas que le cambiaron la cara al barrio. Las paredes de madera y de ladrillo, los pisos de cerámica y los techos de cielo raso dan forma a los nuevos hogares de familias que hace seis meses, antes de ser realojadas por el Ministerio de Vivienda, vivían debajo de las chapas en el asentamiento La Manchega.“Esto es mejor que el cante”, reconoció Alejandra, desde la puerta de su casa, mientras varios niños jugaban a los gritos en la calle. Cuenta que en su rancho no tenía baño, y cada vez que llovía sufría por la inundación de la cañada, que la dejaba bajo agua. La vida en La Manchega era “pobre”, algo que Alejandra no siente en su nuevo entorno. “Acá no se llueve nada y nadie le roba a nadie, es todo más tranquilo”, dijo con asombro. Está esperando conseguir un trabajo, para dejar de “requechar”, ya que todos los días sale con un carrito de feria a buscar aluminio para vender.

Según explicó a El Observador la directora de Tierras y Hábitat de la Intendencia de Montevideo, Noemí Alonso, tuvieron prioridad para el realojo los asentamientos inundables o contaminados. Algo que sucede en La Manchega, y que todavía lo sufren unas 30 familias, a las cuales pretenden encontrar un lugar para vivir en el correr de este año. 

“Hace años que estábamos esperando esto. La alegría más grande fue cuando me dieron la llave”, contó a El Observador Magdalena, quien había vivido 18 años en un rancho de chapa de la calle Jacobo Varela y Eguren, que había comprado por $ 5.000 al venirse de Young, Río Negro. Se había instalado en el asentamiento porque no tenía otro lugar adónde ir.“Al principio estaba lindo, pero después se puso violento. Había tiroteos por todos lados. Nosotros ni fu ni fa con eso, pero igual es peligroso”, relató. Magdalena vive de una pensión a la vejez, ya que no puede trabajar. Desde que se mudó, puso a la venta dos carritos de feria, las ruedas de una bicicleta, y una cocina vieja. “Ya no las necesito”, explicó. Además, la casa implica nuevos gastos que hay que solventar. “En La Manchega no había que pagar nada. Acá tenés que pagar todo”, dice entre risas al referirse a las cuentas de luz y agua. Sin embargo, al igual que Alejandra, cree que la tranquilidad “no se paga con nada”, y la consiguió una vez instalada en Tres Palmas.“En el asentamiento a veces estabas tomando mate y tenías que tirarte al piso por los disparos. Llegaron a balear a una niña chica que venía por la calle”, agregó su hijo Mario, quien también vive en la nueva casa con su esposa y su bebé.

Estar resguardado del viento, del frío y de la lluvia es otra de las ventajas de la vivienda que adquirieron. “El último temporal lo miramos por la tele”, dijo Mario con una sonrisa. Las 13 casas fueron construidas por la organización San Vicente, y según explicó Alonso, cada vivienda costó US$ 45 mil, un monto similar al que se gasta en los realojos a casas usadas.

Desde 2010, en Montevideo fueron realojadas 83 familias de los asentamientos Candelaria (en la calle Isla de Gaspar), Duranas y Juanicó (ambos sobre el arroyo Miguelete), y La Manchega. Según estima la directora de Tierras y Hábitat, para principios de 2015 se habrá alcanzado mudar a unas 400 familias. 

Jonathan no corrió con la suerte de Alejandra y de Magdalena. Su madre y sus hermanos todavía están en un rancho de La Manchega, donde viven desde que tiene recuerdo. Ahora tiene 18 años, y hace una semana decidió irse con su tía, la titular de la vivienda asignada, que a su vez vive con sus cuatro hijos. “Donde estaba no era para mí. Me fui porque iba a terminar mal, me iba a embromar más con las drogas”, advierte, aunque asegura que dejó de consumir. 

Para muchos mudarse no es una buena noticia. “Por eso tratamos de trabajar socialmente con un año de anterioridad al realojo, para que se vayan adaptando a la idea”, explicó Alonso, ya que para quienes viven allí “el asentamiento es como una gran familia, buena o mala, pero es una gran familia”. Si bien Alonso destaca que el realojo al barrio Tres Palmas fue “exitoso”, puesto que solo hubo un caso conflictivo (ver nota aparte), no siempre sacar a las familias del asentamiento se vive de forma positiva. El problema surge cuando se traslada el barrio entero a otro lugar, porque siguen viviendo como antes, y no se integran en la sociedad, señaló la jerarca. “Cuanto más chica sea la cantidad de personas que se mude a un mismo barrio, mejor. Por eso la compra de vivienda usada es muy buena, porque integrás a las familias a los barrios ya formados. No estás segregando”, aseveró.

El barrio le cambió la vida a estas familias, pero su llegada también se hizo sentir en los alrededores. Leonardo hace ocho años que vive en la esquina de Domingo Arena, donde por las tardes solía disfrutar del silencio de la cuadra, ya que enfrente solo había terrenos baldíos. Él, a diferencia de sus nuevos vecinos, perdió la tranquilidad. “Ahora siempre hay gritos de los niños y música alta”, contó. A pesar del barullo, Leonardo no toma el cambio como algo negativo. “Por lo menos ahora los niños están jugando en la calle. Antes jugaban en el barro”, destacó.Según datos del Instituto Nacional de Estadística, en 2011 había 589 asentamientos en todo el país. Solo en Montevideo había 332, que estaban conformados por 32.000 viviendas y 112.000 personas.

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